Por Eliana Laumann
El otro día vi a una mina llorando en la parada del colectivo. No la conocía de nada, pero algo de su tristeza me resultó familiar. No era lástima. Era una especie de recuerdo podrido, de esos que te revuelven las tripas aunque estés seguro de que nunca te pasaron.
Y se me ocurrió una cosa espantosa. Capaz que esa mina estaba viviendo una de mis vidas. Capaz que alguna vez las dos estuvimos frente al mismo abismo y ella saltó donde yo retrocedí. Y ahora carga con una desgracia que podría haber sido mía.
Desde entonces miro a los desconocidos como quien revisa una fosa común. El flaco que se emborracha en la esquina. La vieja que duerme con la luz prendida. Los amantes que se prometen eternidades que no van a cumplir. Todos me parecen versiones mías que tuvieron la desgracia de elegir distinto.
Porque cada decisión es una carnicería. Uno elige un camino y deja un tendal de muertos en los otros. Pero esos muertos no se pudren. Siguen viviendo en alguna parte, con otros nombres, otras caras, otras miserias. Y nosotros también somos los muertos de alguien.
Una noche llegué a pensar que no había millones de almas. Que había una sola. Una única alma, inmensa, insoportable, capaz de sentir todas las vidas al mismo tiempo. Y que un día, vaya uno a saber si por aburrimiento, por crueldad o porque ni ella misma pudo soportarlo, agarró y se partió, se hizo mierda. Y nosotros somos las esquirlas.
Pedazos de una misma cosa condenados a caminar separados, creyéndose individuos, tomando decisiones para no escuchar el ruido de aquella rotura. Por eso a veces un desconocido nos duele como una herida propia. Por eso hay felicidades ajenas que nos dan nostalgia y desgracias que reconocemos sin haberlas vivido.
No es empatía.
Es la fractura.
Es el alma intentando acordarse de cómo era estar entera.
Volví a cruzarme con la mina del colectivo unos días después. Esta vez estaba riéndose. Y sentí un alivio tan profundo que me dio miedo. Porque entendí que, si ella podía vivir una de mis vidas, yo también estaba viviendo la de alguien más. Que tal vez cada vez que elijo, otro pedazo de esa alma tiene que cargar con lo que descarto.
La mina se fue caminando.
Yo me quedé quieta.
Y por primera vez pensé que quizás el alma no se había roto para que aprendiéramos a encontrarnos. Quizás se había roto porque había algo dentro de aquella única alma que necesitaba mantenernos separados. Y desde entonces, cuando un desconocido me mira demasiado tiempo, no sé si me está reconociendo. O si está empezando a recordar por qué nos rompieron.





