Por Javier García

Para mí, es un arte. Así, liso y llano. No requiere la belleza del pintor, el brillo del cantor ni la precisión del orfebre. Solo requiere la suficiente sapiencia para poder combinar las palabras, algo con lo que el idioma castellano nos ayuda bastante con su vasto repertorio, deformaciones y otras yerbas. Pero no, créame, estimado lector, insultar no es para cualquiera.

Es como jugar al fútbol. Todos sabemos hacerlo. O creemos que sabemos hacerlo. Después, en la cancha se ven los pingos. Algo similar pasa con el insulto: insultar puede insultar cualquiera. Desde un menor hasta un mayor, un niño, un adolescente, un adulto, tu jefe, tus compañeros, tus maestros, tu papá, tu mamá, el papá de tu novia, el mejor amigo de tu primo, el hijo del vecino y el sobrino del que atiende el kiosco en la esquina. También el que atiende el kiosco, claro. Insultar puede insultar cualquiera. Pero de ahí a hacerlo bien…

No, no es tan sencillo. Todos conocemos el menú, pero un buen insulto no solo se compone de la palabra. También son clave la entonación, la carraspera, el rebote de las letras. Como la “r” en la “reconcha de tu hermana”, que se escribe así, pero se puede decir “la rrrrrrrrreconcha de tu hermanaaaaa”. Por eso, si bien todos sabemos qué hay que hacer, no todos saben cómo hacerlo.

A ver, pongamos otro ejemplo: yo puedo saber que tal canción es DO-RE-FA-MIm y SOL, y hasta puedo saber hacer la figura de cada acorde y hacerlos sonar por separado. Pero de ahí a que suene como una canción hay una gran distancia, similar a la que existe entre el “bocasucia” y el “puteador profesional”. Yo, humildemente, me considero en el segundo grupo. Es más, creo que putear es uno de mis talentos más grandes. ¿Es para sentirse orgulloso? Claro, ¿por qué no? Al fin y al cabo, ¡somos argentinos, carajo! Gran tierra de puteadores, gente que ha hecho del insulto una institución, como Lanata, Fontanarrosa, Federico Luppi, Tangalanga y el Cuarteto Obrero de Yayo. Y, claro, siguen las firmas.

Además, ojo, porque el insulto también tiene un sinfín de aplicaciones. Uno puede insultar al pegarse el dedo chiquito contra la cama, puede insultar si se quema con las tostadas, puede insultar si se le va el bondi, si no llega el bondi, si el bondi no le abre. Puede insultar si su equipo gana, si pierde o si empata. Si está feliz o si está triste. Si está solo o en grupo. Si va manejando en soledad o si está en medio de un parque de diversiones. El insulto no sabe de escenografías ni de momentos. Simplemente sale, reclama para sí su notoriedad.

Quizás lo peor del insulto sea hacerlo con los hijos enfrente. Yo resolví ese problema: no me importa un carajo. Quiero decir, si insulto, insulto. Así, mis hijas son bastante bocasucias. Pero déjenme decir algo: también con el insulto y el lenguaje soez nos divertimos. El insulto sana, libera, repara, descarga, acomoda y, claro, califica.

Soy periodista, a veces escribo y mi prosa debería ir por otro lado. Cuidar el lenguaje, cuidar las palabras, decía mi abuela. ¿Qué mejor manera de cuidar el lenguaje que perpetuarlo utilizando todos los recursos que este tiene para ofrecer? ¿Cómo no voy a insultar a ese fulano que, disfrazado de justicia, nos choreó ese penal? ¿O a ese boludo que cruzó mal la calle y casi me lo llevé puesto? ¿O a ese presidente que solo preside para los suyos? ¿Cómo me voy a privar de esto?

Como dije antes, el insulto es un derecho. Tenemos derecho a hacerlo. No somos maleducados, somos gente que utiliza la elasticidad del lenguaje y se palanquea en sus límites más incorrectos. Yo no me considero maleducado. Y, como dije al principio, si insultar es un arte —que para mí lo es—, yo podría considerarme artista. Y ahí, querido lector, está uno de los beneficios de las mal llamadas “malas palabras”. ¿Por qué “pelotudo”, “boludo” o “conchudo” son malas palabras? Peores palabras, sin duda, son “corrupción”, “guerra”, “abuso”, “violación” y “masacre”. Pero creemos que los insultos son otra cosa. Y estamos equivocados. Equivocados para el carajo.

Mi consejo, entonces, es este: insultemos. Insultemos frente al espejo, en la calle, en el auto, cuando el equipo pierde, gana o empata. Cuando nos tropezamos, cuando nos quemamos, cuando pisamos mierda de perro o cuando sentimos que no llegamos. Al fin y al cabo, no es más que aprovechar lo que nuestro riquísimo lenguaje nos ofrece. Además, como decía un pariente mío, insultar es gratis y trae unos beneficios de la concha de su madre.