Por Chepo.arts

Hace unos días fui a comprar a un almacén. Nunca había entrado. Adentro había una persona comprando y la almacenera. Estaban charlando de fútbol. La clienta decía que no aguantaba a su marido, que gritaba durante los partidos y que ella aprovechaba para salir a hacer las compras. La almacenera, riéndose y con aires de sabionda, dijo que el fútbol servía para distraer a las mentes bobas mientras el país se caía a pedazos. Que mientras once tipos corrían detrás de una pelota, nadie hablaba del hambre, de la corrupción, de los jubilados, de los hospitales ni de las escuelas que se vienen abajo.

Y, para ser sincero, una parte de mí estaba de acuerdo. Algo de razón tenía. Compré y salí sin mediar muchas palabras, más que un «buenas noches», un «¿cuánto es?» y un «muchas gracias». No me cae muy bien la gente que da lecciones de vida o trata de boludos a quienes piensan distinto. Pero, vuelvo a repetir, algo de razón tenía.

Porque es cierto que muchas veces el fútbol se usa como una cortina y que los poderosos aprendieron que un Mundial, un clásico o un torneo inventado pueden hacernos olvidar, durante noventa minutos, los quilombos que tenemos cuando abrimos la billetera.

Mientras manejaba, le seguí dando vueltas al asunto porque no quería darle la razón tan fácil a la almacenera. Y entonces me di cuenta de que el error estaba en el enfoque de la señora. Lo que ella no contemplaba era que el fútbol empieza mucho antes de la televisión. Arranca con una pelota gastada y descosida, un potrero lleno de barro, dos piedras —o dos ladrillos— o, en su defecto, dos buzos haciendo de postes.

Ahí no había cámaras, aunque nosotros las imaginábamos cada vez que festejábamos un gol. Tampoco había dirigentes. Había pibes. Pibes con barro desde la cabeza hasta los pies. Pibes que, en su inocencia, prefirieron jugar a la pelota antes que probar otras cosas. Porque mientras unos aprendían a escapar de la policía, otros aprendían a tirar una pared.

Mientras unos aprendían a robar y a usar la violencia como método para conseguir cosas, otros aprendían el compañerismo. Porque en el potrero el partido no sigue cuando uno está tirado. Y si se cayó por un foul que cometiste vos, es casi una obligación ayudarlo a levantarse.

El fútbol educa, señora almacenera. Te enseña que el partido termina cuando se va el último rayo de sol. Que si perdiste, mañana podés volver por la revancha. Que nadie gana un partido solo. Que hay que decir «por favor» antes de pedirle a la vecina que está regando si nos deja tomar agua de la manguera.

De estas cosas no hay estadísticas ni programas con panelistas debatiendo porque, obviamente, no venden. Claro que el fútbol sirve para distraer. Pero también sirve para salvar. Porque una pelota no resuelve la pobreza ni llena la heladera. Tampoco cura la corrupción. Pero, a veces, alcanza para mantener a un pibe lejos de una esquina durante toda una tarde. Y, créame, señora almacenera, en mi barrio hay tardes que terminan cambiando una vida entera.

Capaz que el problema nunca fue el fútbol, señora. Capaz que el problema es olvidar que antes del negocio existió el potrero. Y que, mientras algunos veían a veintidós boludos corriendo detrás de una pelota, había miles de pibes aprendiendo, sin profesores ni directores técnicos, a ser mejores amigos, mejores compañeros y, con un poco de suerte, mejores personas. Y, sobre todo, señora, el potrero te enseña algo que parece una pavada hasta que uno crece: que siempre hay un amigo dispuesto a esperarte para jugar.