Fishbone nació en Los Ángeles en 1979, cuando todavía no existía una etiqueta capaz de contener esa mezcla de ska, funk, punk, soul, reggae y metal que la banda convirtió en idioma propio. Su historia también está hecha de despedidas, regresos y reconfiguraciones. Christopher Dowd, uno de sus fundadores, dejó el grupo en 1994 y volvió en 2018, después de casi 24 años, para ocupar los lugares que habían dejado el trombonista Jay Armant y el tecladista Paul Hampton. Aquel regreso acercó a Fishbone a su formación clásica, aunque la imagen volvió a cambiar en 2024, cuando se apartaron otros dos integrantes fundadores: el bajista Norwood Fisher y el trompetista Walter Kibby.

La banda que llegó a La Trastienda conservaba dos miembros de su historia original: el cantante y saxofonista Angelo Moore y Dowd, que alterna teclados, trombón y voz. Junto a ellos estuvieron Tracey “Spacey T” Singleton en guitarra, James Jones en bajo y Hassan Hurd en batería. No era la formación que había puesto en marcha Fishbone, pero su identidad no dependía de reconstruir una fotografía del pasado: aparecía, más bien, en la manera de escucharse y cambiar de rumbo sin perder cohesión.

Ph. Pablo Astudillo

Fishbone compartió época y circuito con Red Hot Chili Peppers y Jane’s Addiction; su influencia alcanzó a generaciones posteriores: No Doubt y Sublime reconocieron en la banda una referencia decisiva, mientras que su forma de cruzar ska, punk y funk dejó huella en grupos como Goldfinger, Reel Big Fish y Less Than Jake. La conexión llega incluso al universo de Mike Patton: antes de sumarse a Faith No More, él y sus compañeros de Mr. Bungle ya se habían volcado a Fishbone y a sus cruces entre ska y funk. Hay algo de injusticia poética —y material— en que varias bandas que crecieron en ese paisaje o recibieron su influencia alcanzaran una retribución económica enorme, mientras que Fishbone no obtuvo una recompensa comparable por haber ayudado a abrirles el terreno. Su legado fue inmenso; la cuenta, bastante menos generosa.

Fishbone llegó a Buenos Aires para celebrar los 40 años de “In Your Face”, el disco que marcó el eje del show en La Trastienda. El recorrido comenzó con los primeros nueve temas del álbum en su secuencia original y, más adelante, recuperó “‘Simon Says’ The Kingpin” junto a canciones de otras etapas. El aniversario funcionó también como una declaración de principios: la música de Fishbone no se ordena en una sucesión prolija de géneros, sino que se arma con contrastes que conviven, se empujan y se transforman. El caos organizado no es un eslogan, sino una forma de tocar. La banda puede ser precisa y desbordada, bailable y áspera, festiva y urgente a la vez; Angelo, Dowd y el resto se miran, se responden y dibujan una pintura musical llena de colores.

Ph. Pablo Astudillo

El arranque, sin embargo, tuvo un problema técnico. Durante “When Problems Arise”, “A Selection” y “Cholly”, el micrófono que debía tomar el sonido del saxo de Angelo no funcionaba. El inconveniente se hizo notar porque el saxo forma parte de la personalidad de Fishbone y de la manera en que sus canciones cambian de temperatura. La música ya mostraba sus distintos impulsos —el andar funk, pesado y pegadizo de “When Problems Arise”, el empuje ska de “A Selection” y el cauce más caribeño de “Cholly”—, tres matices distintos de un disco que desde el comienzo evita quedarse quieto.

A partir de “I Wish I Had a Date”, el cuarto tema, el audio del saxo se acomodó. La canción, breve y atravesada por un humor autocrítico, llevó el repertorio hacia un registro más ligero; enseguida, “Movement in the Light” cambió el paisaje con un carácter más abierto y luminoso. El paso de una a otra ya contenía una de las claves del álbum: Fishbone podía pasar de la parodia y la inseguridad a una melodía esperanzada sin que el cambio sonara forzado. Los teclados y las voces de Dowd aportaban una segunda línea para acompañar esos desplazamientos, mientras Angelo encontraba el espacio para sumar su saxo.

Ph. Pablo Astudillo

La relación entre ambos terminó de darle forma al recorrido. Dowd no se limitó a sostener las canciones desde los teclados: compartió el protagonismo con Angelo y sumó su voz a un juego de armonías y relevos. Era notable verlos buscarse con la mirada, encontrarse en una frase y separarse enseguida para volver a cruzarse en otro pasaje, casi sin descanso. A veces uno entraba cuando el otro dejaba espacio; en otros momentos sus voces se superponían y los teclados extendían la idea que Angelo acababa de abrir. No funcionaban como líder y acompañante, sino como dos centros que se cedían el lugar y volvían a encontrarse.

Tracey “Spacey T” Singleton, James Jones y Hassan Hurd acompañaban esa lógica con una flexibilidad decisiva. La guitarra recortaba acentos sin recargar el conjunto, el bajo sostenía un centro elástico y la batería podía afirmarse en el rebote del ska, endurecer el golpe o liberar un pulso más funk. Nadie parecía empeñado en imponer una fórmula común: cada integrante se acomodaba al feeling particular de la canción. Esa disponibilidad permitía que la banda cambiara de dirección sin desarmarse y que el theremin de Angelo —una presencia importante en el show— ampliara todavía más el espectro. Sus sonidos, móviles y casi fantasmales, torcían el clima y les daban a las canciones un aire psicodélico y experimental. No era un adorno exótico, sino otra voz dentro del conjunto.

“Give It Up” llevó la carga política del disco a un terreno urgente: una canción contra la guerra y la violencia, pero sostenida por una energía que empujaba hacia adelante. Allí Angelo se arrojó al público; un par de canciones después repetiría el gesto. No fue una acrobacia aislada para provocar una reacción, sino una manera de llevar al cuerpo la lógica de Fishbone: la música se arma en el intercambio y desdibuja la frontera entre escenario y pista. Moore no se limitó a conducir la fiesta desde arriba; se metió literalmente en ella.

Ph. Pablo Astudillo

Ese despliegue físico convivió con una actitud completamente relajada fuera del escenario. A lo largo de la noche, Angelo circuló un par de veces entre el puesto de merchandising y los camarines, sin solemnidad ni distancia. La imagen completaba otra faceta del cantante: el frontman capaz de arrojarse al público también podía moverse por la sala con la naturalidad de quien está en su casa.

En “In the Air”, el funk volvió a ocupar el centro con un pulso envolvente y una letra que busca respuestas fuera de los discursos del poder. Después llegó “Turn the Other Way”, uno de los tramos más extensos y sombríos de “In Your Face”, donde la ligereza rítmica convive con imágenes de amenaza nuclear. Más adelante, “Knock It” recuperó el costado más físico de la banda mediante un groove directo. El contraste entre esos temas mostraba que el disco no proponía una fórmula que se repitiera, sino una colección de desvíos: funk, comentario político, melodía y estallido podían cruzarse sin quedar encerrados en compartimentos. Cuando apareció “‘Simon Says’ The Kingpin”, breve y más cerca del estallido punk, el recorrido volvió a cambiar de color.

“Racist Piece of Shit” puso sobre la mesa una denuncia del racismo contemporáneo, dirigida también contra Donald Trump y las políticas de derecha. La canción irrumpió como una descarga frontal: el título no suaviza el golpe ni esconde el enojo detrás de una metáfora, y la interpretación conserva esa misma claridad. En Fishbone, la energía festiva nunca vuelve inofensiva una canción; el baile y la sátira pueden convivir con la indignación e incluso volverla más incisiva. El cuerpo se mueve mientras el mensaje señala aquello que sigue lastimando.

Ph. Pablo Astudillo

Después, “Party at Ground Zero” convirtió la amenaza de una guerra nuclear en una fiesta absurda y frenética. Esa operación condensa una de las paradojas más potentes de Fishbone: poner a bailar sobre una catástrofe sin que el ritmo alegre vuelva menos inquietante lo que la canción imagina. La referencia a The Who aparece a través de “Pinball Wizard” y su imagen de una destreza casi increíble: “He sure plays a mean pinball”. Algo de esa habilidad había también en Fishbone, capaz de hacer rebotar el groove de un género a otro sin perder el control del juego. La fiesta tenía algo de baile al borde del abismo; exponía lo grotesco de la situación al hacerla sonar irresistible.

El cierre enlazó “Sunless Saturday” con “Everyday Sunshine”, dos títulos que parecen empujar la noche hacia extremos opuestos: un sábado sin sol y una luminosidad de todos los días. En Fishbone, la contradicción no necesita resolverse ni convertirse en moraleja. La oscuridad y la celebración pueden convivir porque la banda no entiende la alegría como negación de lo que duele, sino como una fuerza que también puede aparecer en medio de la incertidumbre. La última canción no borró la sombra de la anterior: la completó. Después de un día sin luz, el sol cotidiano no llegó como una respuesta ingenua, sino como otra posibilidad dentro de ese universo cambiante, donde el humor, la denuncia, el baile y la esperanza comparten el mismo pulso.

Andrea Álvarez: peso y pulso propio

Antes de Fishbone, Andrea Álvarez tomó el escenario junto a Lonnie Hillyer en bajo y Tomás Brugués en guitarra. El trío se movió más cerca del rock pesado, con una base contundente y un pulso elástico que por momentos hizo pensar en Divididos: no como una copia, sino por esa manera de combinar peso, groove y movimiento.

Andrea no quedó reducida a la función de baterista; desde el centro del sonido sostuvo la voz y empujó las canciones, mientras bajo y guitarra acompañaban los cambios de intensidad. El set pasó por “Se pudre todo”, “La cadena del mal”, “Fuzz”, “Cuando me muera”, “Policía de la corrección” y “Sos la muerte del rock”.

También hubo dos momentos especiales: “Dos cartuchos” y “Todo morir” tuvieron su debut en vivo esa noche. Al terminar, Andrea reivindicó la música independiente, una idea que también formó parte de la noche: antes de la celebración de los 40 años de In Your Face, su presentación puso en primer plano el valor de sostener una voz y un camino propios.

Fotos cortesía Pablo Astudillo