Entre el pulso del country, la urgencia del punk, la memoria del folk y la aspereza de las músicas más pesadas existe un territorio donde las fronteras se vuelven porosas. Muddy Roots hace de ese cruce su punto de encuentro: una tradición puede conservar sus marcas de origen y, al mismo tiempo, adquirir otros acentos, instrumentos y formas de expresión. Allí, el chamamé encuentra una sensibilidad oscura, el rockabilly mantiene vivo su nervio punk y el bluegrass puede acompañar una poesía arraigada en el folclore argentino. La afinidad entre esas propuestas también se construye en la manera de sostenerlas: producir discos, organizar conciertos y tejer vínculos que permitan hacer circular músicas con identidad propia.

Desde su origen en Tennessee, el festival extendió su recorrido hasta encontrar en Buenos Aires un espacio para conectar su propuesta con las particularidades de las escenas locales. Su tercera edición porteña tendrá lugar el 21 y 22 de noviembre en el CAFF —Club Atlético Fernández Fierro, Sánchez de Bustamante 772, Abasto—. El cartel anunciado reúne a Angry Zeta, Semilla de Maldad, Rolando Bruno y Grupo Arévalo, Delmar, Tensión, Mack Stevens, Trapaceros, Maña, Eddy Hinojosa, Sentimental Syncopators, Uxía Hochstein, Johnny Boy & The Dancing Crickets, Juan Urquizú, Bonanza, Carnaval Negro, Medium, Los Cvlos, Tranka Palanka y Waltzer not Dead, entre otros.

La programación invita a seguir esas conexiones: reconocer qué queda de una tradición cuando cambia de paisaje, descubrir qué puede aportar una banda a la escucha de otra y participar de una comunidad que se construye en el intercambio. En ese movimiento, las “raíces embarradas” del nombre adquieren sentido: músicas que llevan consigo una historia y siguen transformándose al entrar en contacto.

Un cruce de sonidos e identidades

La diversidad de Muddy Roots permite pensar la identidad musical como una construcción atravesada por experiencias, elecciones y desplazamientos. Los géneros aportan una historia y una manera de escuchar, pero también ofrecen materiales que pueden adquirir sentidos nuevos cuando cambian de contexto. Uxía Hochstein encuentra en el chamamé una fuente desde la que explorar territorios poco habituales: «Creo que mi música está justamente en ese cruce. Me gusta agarrar algo que siento muy nuestro, como el folclore —en este caso, el chamamé—, y llevarlo a un lugar donde no es común verlo. Es mi manera de demostrar que no hay barreras en la música». La pertenencia, en su propuesta, habilita la transformación: la cercanía con esa tradición es justamente lo que permite imaginar otras posibilidades para ella.

Ese desplazamiento encuentra una conexión con Medium, aunque el resultado sonoro se ubique en otro extremo: «Con Medium nos sentimos particularmente identificados entre el punk, el metal extremo, death, black, lo cual suele ser catalogado como crust, y al mismo tiempo con mucha identidad folk celta, nórdica y del continente americano, fusionándolo sutilmente con la música extrema». La relación entre ambos proyectos aparece en la manera de trabajar sobre una herencia: mientras Uxía lleva el chamamé hacia una sensibilidad oscura, Medium incorpora elementos folks dentro de un lenguaje marcado por la violencia y la velocidad. La mezcla modifica la percepción de las fuentes y abre un espacio donde lo familiar puede volverse extraño.

Semilla de Maldad
Semilla de Maldad

En Semilla de Maldad, ese cruce se reconoce en el vínculo entre el sonido elegido y la historia de sus integrantes. Fly, cantante de la banda, lo explica así: «Siempre entendimos la banda como una propuesta rockabilly que no puede desprenderse de sus raíces punks, que es el estilo con que la mayoría de los integrantes de la banda empezamos tocando música. Creo que viene por ahí. Además, todos esos estilos, unos más y otros menos, son los que nutren nuestra música y escuchamos a diario». Johnny Boy introduce otra combinación: «Lo nuestro es una mezcla del folk, country, punk y bluegrass, sin ser tradicionalistas, y en cuanto a lo lírico estamos muy enamorados de lo folclórico nacional argentino». Si en Semilla de Maldad el punk permanece como una experiencia fundacional, en Johnny Boy la poesía argentina aporta un arraigo propio a una instrumentación ligada a otras geografías. Delmar extiende esa idea hacia la cultura del skate: «Delmar es un proyecto que canaliza diversas influencias sin volverse genérico. Digamos que, si la música es una religión, el skaterock es nuestro modo de rendirle devoción, y disfrutamos de todos los dialectos en los que la música se manifiesta». La identidad aparece, entonces, en la manera particular de combinar esas influencias.

Hacerlo por cuenta propia

La libertad para construir un lenguaje propio también exige encontrar una forma de sostenerlo. Producir discos, organizar fechas, desarrollar una imagen y llegar al público son tareas que, en estas escenas, suelen quedar en manos de los propios artistas y de las redes que construyen alrededor. El “hacelo vos mismo” atraviesa esas decisiones y adquiere distintos sentidos según cada trayectoria: puede ser una convicción heredada del punk, una necesidad material o una práctica aprendida mientras el proyecto toma forma. Fly reúne esas dimensiones en una consigna tajante: «Como buenos consumidores de punk rock, el DIY y la cultura autogestiva siempre formaron parte también de nuestras vidas y manera de hacer las cosas. Además de eso, creo que, tratándose hoy día de estilos musicales como estos, que tan lejos están del mainstream, no queda otra: es “hazlo tú mismo o muere”». La frase condensa tanto una pertenencia cultural como las condiciones concretas en las que se trabaja.

Esa relación entre convicción y necesidad también aparece en Johnny Boy: «Para nosotros, el “hazlo tú mismo” lo es todo. Trabajamos así desde el comienzo, tratamos de cubrir todas las necesidades de la banda con los frutos del proyecto, producimos nuestro propio merch y nuestros discos». La misma lógica se amplía en la experiencia de Uxía: «El “hazlo tú mismo” me atraviesa bastante, ya que no tengo una estructura enorme detrás ni un equipo tan grande. Todo lo que sé lo aprendí de manera autodidacta: desde la composición musical, la grabación, la identidad del proyecto, la producción musical, la puesta en escena, las producciones audiovisuales y, en su mayoría, la indumentaria junto con Ana Lassalle». En ambos casos, el crecimiento depende de convertir los recursos disponibles en herramientas de producción. En Uxía, además, ese aprendizaje reúne sonido, imagen y vestuario dentro de una misma búsqueda estética.

Big Bull

Para Medium, esa práctica forma parte de la identidad del género: «El género que tocamos no nos representa únicamente por la música, sino que también nos identifica por la misma filosofía que nos reúne en este festival. Nuestra agenda como banda está autogestionada, sea por nosotros mismos o por amistades y camaradas del mismo entorno y filosofía». Delmar sitúa esa forma de trabajar dentro de una historia más extensa: «Formamos parte de una larga historia de bandas, sellos, publicaciones autogestionadas, grupos de skaters y marcas de skate que, de alguna forma, definieron lo que hoy se conoce como DIY. Una trayectoria que hoy supera los treinta años de actividad y que tiene lazos alrededor del planeta desde al menos una década antes de la explosión global de la red de control cibernético». La independencia, leída entre ambas intervenciones, se sostiene en una organización colectiva: amistades, publicaciones, sellos y espacios que permiten que la música circule y que cada proyecto encuentre interlocutores más allá de su entorno inmediato.

Un festival hecho de vínculos

De esa organización compartida surge una comunidad que se reconoce en los discos, las fechas y las colaboraciones. Por eso, el vínculo con Muddy Roots tiene para varios artistas una historia anterior a esta edición: regresar implica volver a encontrarse con personas que acompañaron sus proyectos y con un público que también forma parte de ese recorrido. Johnny Boy reconstruye esa relación desde su debut discográfico: «Tuvimos la suerte de participar en la primera edición del Muddy Roots en Argentina y aprovechamos la oportunidad de presentar nuestro primer disco en el festival. El disco lo grabamos en Ahijuna Récords y quien nos grabó, mezcló y nos hizo el máster fue Waltzer. Tanto él como Zeta y el Tano nos dieron una mano siempre, desde el comienzo. Soy un agradecido de haberlos encontrado en este camino». El festival queda unido a una etapa fundacional de la banda, tanto por la presentación como por las personas que hicieron posible llegar hasta allí.

En Delmar, la conexión también se remonta a aquella primera edición, aunque a través de otro proyecto: «Ya había una relación con el festi, ya que Dacho y el Melli, guitarrista y bajista de Delmar, ya habían participado en la primera edición con su otra banda, The Tormentos. Y, por supuesto, hay una larga data de amistad con Angry Zeta y la mayoría de las bandas locales que suelen presentarse». Ese antecedente enlaza trayectorias que se cruzan a través de distintas formaciones, mientras el presente ofrece otra posibilidad: «Esperamos que nos conozca un público que tal vez no nos vio nunca en vivo en nuestro período de actividad entre el 94 y el 98, y es una buena oportunidad para seguir difundiendo nuestra música». La memoria de la escena convive así con la oportunidad de ampliar sus públicos.

Delmar

Uxía también llegó al encuentro desde más de un lugar: «En las ediciones anteriores tuve la oportunidad de participar en Muddy Roots con Fandango y también feriando con Cáldena, la marca de ropa que llevo adelante con Ana Lassalle». Esa circulación entre escenario y feria muestra una comunidad que se extiende hacia otras formas de producción. Semilla de Maldad encuentra allí una dimensión afectiva y un espacio de aprendizaje: «Para nosotros es una alegría enorme. Es ya la segunda vez que tocamos en el festi, la oportunidad de vernos con un montón de gente amiga y compartir una noche con un montón de gente con la que tenemos demasiadas cosas en común. Una fiesta para celebrar y aprender un poco todos de todos». La celebración adquiere sentido porque reúne vínculos previos y, al mismo tiempo, permite que aparezcan otros nuevos.

El valor de encontrarse en vivo

Esos vínculos necesitan espacios donde materializarse. En un contexto de escucha fragmentada, recomendaciones automáticas y atención medida en reproducciones, un festival ofrece un tiempo compartido para recorrer una programación, detenerse frente a una banda desconocida y descubrir conexiones que no necesariamente estaban previstas. Medium pone el acento en la singularidad de esa experiencia desde Argentina: «Grandísimo valor. No es un detalle menor que se lleve a cabo esa magnitud de cruces de géneros y nacionalidades en Argentina, que queda en un sur lejano al resto del mundo. Es una experiencia que rara vez se encuentra fuera del mainstream y del gran negocio de los festivales, por lo que es súper valioso». La diversidad del cartel cobra otra dimensión cuando puede escucharse en un mismo lugar y generar intercambios entre quienes participan.

La banda profundiza esa idea: «Es un encuentro entre varios artistas desarrollando géneros y culturas muchas veces ajenas a sus raíces; en otros casos, absolutamente propias, pero que genera un abanico de identidades nuevas y viejas súper interesantes». Delmar desplaza el foco desde la diversidad musical hacia las condiciones del encuentro: «El arte y la comunicación se dan mejor en el contacto y para eso es necesario que existan puntos y momentos de encuentro. Es una manera de hacer las cosas que no debería perderse y es especialmente importante en el presente». Mientras Medium destaca lo que puede surgir del cruce entre tradiciones, Delmar señala la necesidad de preservar los lugares que lo hacen posible. La posibilidad de escuchar al otro depende también de disponer de un espacio y de un tiempo para compartir.

Angry Zeta

Johnny Boy encuentra esa oportunidad en el formato mismo del festival: «Es muy importante mantener el formato festival y más aún contar con dos escenarios en donde puedas vivir experiencias con diferentes bandas y proyectos en vivo. Supongo que, de a poco, va a ir cambiando eso de hacer todo por las “vistas”; de a poco va tomando fuerza la música en vivo. Queda en nosotros, como público y como artistas, mantenerlo vivo». Uxía coincide desde la curiosidad que ese intercambio puede despertar: «A la música en vivo y al encuentro cara a cara no hay con qué darle. Y en el contexto de Muddy Roots considero que se potencia aún más debido a que los proyectos rescatan distintos tipos de folclore y sonidos que pueden ser disparadores para la curiosidad de quienes escuchan». La responsabilidad compartida que plantea Johnny Boy encuentra allí una consecuencia concreta: acercar músicas a personas que quizás no hubieran llegado a ellas por otros caminos. Fly vuelve sobre el aprendizaje colectivo: «Creo que de eso se trata: de ir un poco en contramano a la corriente, o de seguir haciendo las cosas como cuando nos gustaba cómo se hacían. Respecto del intercambio, es una gran oportunidad para compartir y aprender todos de todos».

Qué llevarán al escenario

Ese encuentro se construirá también desde las diferencias entre los shows. El recorrido por la grilla permitirá pasar de la oscuridad a la celebración, de una poesía ligada al folclore argentino a una descarga de rockabilly o skaterock. Cada proyecto llega con una expectativa particular sobre lo que quiere provocar y con un repertorio que pone en relación su historia con el presente. Delmar prepara un cruce entre canciones conocidas y material nuevo: «El show va a tener clásicos de la banda, así como varios temas nuevos que formarán parte de nuestro nuevo disco. Esperamos que el público disfrute bailando y se vaya con ganas de más Delmar». La presentación servirá para recuperar una trayectoria y, al mismo tiempo, mostrar hacia dónde continúa.

La incorporación de nuevas canciones también atraviesa el presente de Semilla de Maldad: «Seguimos sumando canciones de nuestro nuevo disco, Poker de Ases, a nuestro show, y seguramente eso es lo que vamos a ofrecer en Muddy Roots al público. Me gustaría que la gente solo disfrute de la banda y se vaya con la sensación de haber visto una banda de cuatro personas que no sabe hacer otra cosa que tocar rockabilly». La afirmación del estilo se conecta con la intención de Johnny Boy de poner el foco en su primer álbum: «Tenemos una lista de más de veinte temas y van variando. Nuestro show en Muddy Roots será defender Montaña, que es nuestro primer disco, y sumar alguna que otra canción nueva. Esperamos, por supuesto, que a la gente le guste nuestra poesía». Aunque los lenguajes cambien, ambos proyectos llevan al festival un repertorio propio desde el que buscan establecer una relación con el público.

Medium piensa esa relación desde el contraste: «Estamos preparando un show muy agresivo, sucio y rápido, pero con muchas atmósferas que están vinculadas al sonido folk de distintas raíces. Creemos que cada proyecto que toca en el festival va a tener gran impacto desde el contraste, ya que los géneros varían muchísimo, y nosotros planeamos contrastar con gran oscuridad y agresividad desde nuestra música». Esa oscuridad adquiere otro sentido en la propuesta de Uxía: «Mi propósito es transmitir un poco de lo que me interpela a mí, lo oscuro, lo dark. Pero también que la gente diga: “Mirá, no sabía que el chamamé podía ser esto, no sabía que el chamamé podía sonar así”. Como siempre digo, quiero ser un puente para spamear chamamé y quizás a más de uno le pique la curiosidad de indagar más en el género». En Medium, el contraste busca intensificar la experiencia del festival; en Uxía, la sorpresa puede abrir una puerta hacia el chamamé. El impacto del show se proyecta así sobre lo que cada oyente puede llevarse después.

Las raíces también pueden embarrarse

Detrás de esas presentaciones hay músicas heredadas, escenas que dejaron huella y experiencias que se convirtieron en canciones. La imagen de unas “raíces embarradas” permite pensar esas tradiciones en movimiento, atravesadas por el contacto con otras formas de escuchar y de vivir. Semilla de Maldad vuelve a las fuentes para explicar su presente: «Nuestra música también se trata de eso, de ir siempre a la fuente, a los estilos que son padres de todo lo que fue pasando después con el rock: blues, country, rock and roll. Cuanto más tradicional sea, más nos gusta escuchar». Esa escucha convive con la formación punk de sus integrantes y ayuda a comprender la mezcla que define a la banda: el vínculo con el origen también está atravesado por todo lo que ocurrió después.

Johnny Boy encuentra otro modo de articular procedencias distintas: «Lo que más me gusta de Muddy Roots es su significado. En nuestra manera de componer, si bien utilizamos instrumentación muy ligada al folk y al bluegrass americano, nuestra lírica está muy enamorada de la poesía y las raíces de nuestro país, sobre todo muy ligada al folclore nacional». Uxía reconoce dentro del propio chamamé una intensidad que conecta con otras sensibilidades: «Me encanta la idea de raíces embarradas. Siento que el folclore tiene mucho de eso: muchas veces, sin darnos cuenta, suele llegar a ser bastante sucio en su sonido y eso es irrepetible. Muchas veces me pasa escuchando chamamé tradicional y pensar: “Ey, esto es súper punk”, ya sea en sus letras, su filosofía de vida o su sonido. Eso también fue un puntapié para mi proyecto, al que le vino como anillo al dedo para hacer esta especie de chamamé dark». El parentesco entre géneros puede descubrirse en la instrumentación, pero también en una actitud, en las letras o en la aspereza de una interpretación.

Mack Stevens

Delmar lleva la pregunta por el origen hacia una experiencia física: «Las raíces de Delmar son unas ruedas de uretano bien gastadas, y el sonido que esa actividad produce es la música que nos inspira. Formamos parte de una tradición de más de medio siglo de skaters que tomaron instrumentos para darle forma sonora a la sensación de montar una tabla de siete capas de madera prensada. De la misma manera que no hay dos personas que sientan lo mismo al patinar, el skaterock es una conjunción infinita de sonidos y maneras diferentes de sentir y expresar la música». La imagen reúne buena parte de lo que atraviesa al festival: una práctica compartida puede dar lugar a expresiones muy distintas, y la pertenencia a una tradición también se afirma al encontrar una voz propia. Las ruedas gastadas de Delmar, el chamamé oscuro de Uxía, las raíces argentinas de Johnny Boy, el rockabilly de Semilla de Maldad y la intensidad de Medium llegan al mismo escenario por caminos diferentes. Muddy Roots ofrece el espacio para que esos recorridos se crucen y produzcan nuevas escuchas. Allí, las raíces se embarran porque siguen en contacto con el mundo: cambian de paisaje, se mezclan con otras historias y encuentran nuevas maneras de seguir sonando.