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El conflicto Sirio, una mirada necesaria

Con el mundo convulsionado por la escalada de violencia en Siria tras el bombardeo norteamericano a la base aérea de Al Shayrat, es importante hacer un freno y observar qué intereses están en juego para poder reflexionar sobre lo que hacen y dicen norteamericanos y rusos.

Comencemos por ir hacia atrás y hacer un rápido repaso sobre el origen del conflicto para esclarecer los puntos de partida de los dos grandes actores: Estados Unidos y Rusia. En el año 2010 comenzó a darse el fenómeno que conocimos por Primavera Árabe, una sucesión de levantamientos populares en pos del reconocimiento de derechos sociales, pero fundamentalmente, un grito clamoroso por la instauración de regímenes democráticos. Las primaveras se propagaron con rapidez y comenzaron a golpear las puertas de aquellos líderes aferrados en el poder en Túnez, Libia, Egipto, Argelia, Yemen, Omán, Bahrein, Jordania y Siria.

Todos los procesos culminaron con resultados disimiles pero, a fin de cuenta, abrieron el espacio político sin resultados esperanzadores. Cada sociedad debió rápidamente asimilar el golpe de una institucionalidad poco conocida y con la presión y digitación de actores externos. En definitiva, el saldo fue muy mediocre con una democracia sumamente débil (cuándo se las alcanzó) y presa de actores internos que buscaban una cuota de poder perdida y revanchas históricas.

Siria, sin embargo, sumaba un plus. Por su posición geográfica y la importancia de sus relaciones históricas goza de un peso específico dentro del sistema internacional. A la conocida vinculación histórica con Rusia (heredada naturalmente de su pasado como URSS) debe sumarse el juego estratégico del resto de las naciones. Por ello, la caída de su presidente Bashar al-Assad encontró poco eco en las potencias. Aun con sus vinculaciones con Irán y Hezbollah, el propio entramado de alianzas propiciaba un equilibrio a la región que resguardaba el balance de poder y dotaba de una frágil sensación de seguridad a la región. En definitiva, Al Assad y su movimiento político mantenía a raya las aspiraciones de movimientos más cercanos a los fundamentalismos religiosos y protegía a Israel de nuevos y más violentos vecinos.

Esa vista gorda permitió tanto la continuidad de Al Assad como el ascenso de grupos rebeldes y el fortalecimiento de ISIS en la región, en otras palabras, el recrudecimiento del conflicto. Con el desarrollo del mismo comenzaron a establecerse las posturas; unas bien claras, otras no tanto. Por el lado de Rusia e Irán el interés es claro: Al Assad no puede irse. Más allá de todo interés comercial o económico que estas naciones puedan tener; hay razones mucho más importantes: La continuidad de Al Assad representa la continuidad de Siria como estado indisoluble; es decir, contar en la región con un Estado soberano intacto que ponga freno a todo tipo de disputa que interponga el buscado Califato. Es una defensa del orden del sistema por sobre sus actores. Y en segunda instancia, pero no menos importante, la presencia rusa en el escenario significaba la confirmación del alto perfil de la nación-continente. Del otro lado, los Estados Unidos, preso de los vaivenes de la política exterior e interior, jugaba un juego de presencia e inacción. Presencia porque su rol de hegemón lo requería, e inacción porque el objetivo final nunca fue claro porque los escenarios de una Siria sin Al Assad son obscuros y peligrosos.

El ascenso de Donald Trump al poder encontró a Siria con un Al Assad consolidado y a la ofensiva apoyado en los significativos apoyos militares de Rusia (especialmente) e Irán. Y el bombardeo a la base aérea hizo mucho ruido, no sólo porque significaba un ataque directo entre los actores (estados soberanos) sino porque representaba un nuevo volantazo de Trump respecto a posiciones iniciales establecidas en campaña. Más allá de un retroceso en los frágiles acuerdos entre rusos y norteamericanos, el ataque significó un mensaje fundamentalmente político hacia el interior de los Estados Unidos. Trump es un presidente con una legitimidad diezmada por su condición de outsider como por su liderazgo falto de resortes reales de poder. Detrás de sus votos no hay aparato alguno. En definitiva, Trump ejerce su presidencia día a día en pos de construir una legitimidad que le confiera gobernancia y margen de maniobra incluso dentro del partido que lo cobija. El bombardeo (a una base con presencia rusa), poco eficaz, se dio en el marco de una visita del presidente chino (con quien Trump tiene una rivalidad personal); tras una declaración de Hillary Clinton a favor de un ataque precisamente como el que se dio; en el contexto de un sistema político que le respira en la nuca con acusaciones de vínculos con Rusia; y con una sociedad que le reclama señales de liderazgo. Trump buscó matar 4 pájaros de un tiro.

Así las cosas, Rusia y Estados Unidos entran en una situación de peligrosa incertidumbre; más presa de la condición revulsiva de Trump que de los ya cambiantes avatares del sistema internacional. Lamentablemente para Siria y los suyos (y todos aquellos presos de los destinos de la misma, especialmente los kurdos) el conflicto se estirará a la espera de tocar o no nuevos y más peligrosos intereses y turcos, israelitas y saudíes tienen mucho que decir en ello.

Por Lic. Martin Rodríguez Ossés