Opinión

¿Por qué La Cordillera nos divide?

Ovación de pie en Cannes y amada por los críticos de cine y cinéfilos de pura cepa, no tuvo el mismo feeling con el espectador local de sala. ¿Dónde estuvo el problema? ¿Hubo un problema? Analicémoslo.

Ovación de pie en Cannes y amada por los críticos de cine y cinéfilos de pura cepa, no tuvo el mismo feeling con el espectador local de sala. ¿Dónde estuvo el problema? ¿Hubo un problema? ¿Por qué las exigencias y los  gustos pueden resultar tan distintos? Expondré mi crítica hacia la película, y al mismo tiempo, intentaremos descubrir y analizar su efecto.

 

Ricardo Darín encarna a Hernán Blanco, presidente de la Nación. Sabemos que asumió hace poco y que se lo acusa de poco carismático. Su rápido ascenso de gobernador de La Pampa al puesto más alto es discutido en los medios, y su decisión es hacer oídos sordos, a pesar de que es notorio que esto no lo deja indiferente. Él es una bóveda. Confía en quienes tiene al lado, pero no en un cien por ciento. Es consciente que en los ámbitos que se maneja, es mejor prevenir, y por eso será realmente un hermoso juego para el espectador intentar leer los sentimientos reales de alguien que no desea entregar una palabra de más.

Se encuentra acompañado por los personajes de Érica Rivas y Gerardo Romano (Jefe de Gabinete), que se encargan de mantenerlo informado y anticiparle todos los pormenores que puedan surgir. La famosa Cumbre de las Américas donde se reúnen los principales mandatarios de los países más importantes del Continente es también una cumbre en su carrera. Consciente de que no goza de una favorable opinión pública, tiene el deber de hacer buena letra y jugar inteligentemente en una batalla en la que, de por sí, su voto a favor o en contra puede modificar las relaciones y la historia del país en los próximos años. ¿Debe acompañar la posición del Presidente de Brasil, que desea hacer negocios petroleros que sólo lo favorezcan a él? ¿No se vería mal esto en Argentina? ¿Pero sería inteligente romper relaciones con la persona con más poder de Sudamérica? Este es uno de los conflictos de la película. O al menos, el conflicto político, porque si bien resulta muy interesante conocer el background tan bien construido por Mitre, existe otro tema a resolver que de alguna forma repercute en este.

La vida personal de un político siempre es un enigma. Ni hablar de un Presidente. La hija de Blanco, interpretada por Dolores Fonzi, se ve mezclada en un escándalo con su esposo, con quien ya cortó relaciones. Es una bomba de tiempo que puede salpicar a Blanco y a toda su familia, y es el peor momento para que la situación aparezca en los medios. Puede desembocar, no sólo en una polémica que afecte su imagen sino también en la prisión. Para intentar controlar la situación, Luisa (Rivas) lleva a Marina (Fonzi) a la Cordillera. La introducción de Marina en la película nos permite conocer la cara del político que no solemos ver. Y cómo debe resolver con misma integridad e importancia el conflicto político y el familiar, siendo ambos de vital importancia para su futuro. Como si fuera poco, su relación con Marina no está en su mejor momento y también parece estar en su debe.

Producida por Warner y dirigida por el director más prometedor del cine nacional de los últimos años, Santiago Mitre narra con elocuencia y efectividad un drama político que lentamente se convierte en un thriller oscuro y psicológico donde nos damos cuenta que aquello que estamos viendo tiene capas de profundidad más complicadas que “resolver un conflicto”. Mitre elige contarnos la historia de este Presidente, sin juzgarlo, sin presentarlo “canchero” ni sobreactuado y cubre, como dicta el título, dicho viaje. No pretende mostrar su infancia ni su caída sino un momento determinado que puede ser el medio, o el inicio, o el fin. No habrá mayores explicaciones y uno deberá atar cabos por su cuenta. El espectador pasa a convertirse en un protagonista invisible que logra tener la exclusividad de seguir la intimidad del Presidente durante dicho tiempo. Como si uno fuese el arquitecto de una especie de reality show único en el cual no podemos dialogar con el hombre filmado. Es nuestra obligación saber detectar de qué se habla, si es importante, si es normal (Lo normal en nosotros no es lo normal en el Presidente) y por qué sucede. El prólogo es nuestro.

Otra de las cuestiones más ricas (y polémicas) es su anti-final que juega en forma inconsciente a romper con “el efecto sorpresa” de estos últimos años donde el cine se convirtió en una máquina de vueltas de tuerca que se encuentran más por obligación que por el bien de la historia. Un final claro que termina siendo juzgado porque no cumple con los requisitos de los finales que se ven comunmente en las películas actuales. Repleta de sutilezas (y otras no tanto), cada escena se ve obligada a leer de distinta manera cuando notamos la oscuridad de algunas cuestiones que parecían mundanas. Es importante notar la elección de cada plano para poder leer ese subtexto del que se habla. Ningún plano es casual. Por supuesto que para poder apreciar dichos detalles, se requiere de un espectador activo y dispuesto a querer contestar por su cuenta las preguntas que La Cordillera nos deja. Quien desea desconectarse y consumir “un producto” que nos entregue las situaciones digeridas, está eligiendo la película incorrecta. Es exigente y riesgosa, y por esto mismo se celebra que Warner se anime a producir una película que, aparenta ser mainstream debido a su casting, pero termina alojándose más cerca del cine europeo de autor y de los atípicos thrillers psicológicos de Polanski en la década del 60. Sin ir más lejos, Mitre le pidió a Fonzi que tomara en cuenta la labor de Mia Farrow en “El Bebe de Rosemary” como inspiración para interpretar a Marina.

Hay que dedicarle un párrafo al equipo. El guión está escrito por el mismo Mitre, conjuntamente con Mariano Llinás (Historias Extraordinarias). La fotografía está a cargo de Javier Juliá (Relatos Salvajes). Del vestuario, Sonia Grande es la cabeza del grupo, siendo ésta una colaboradora habitual de Woody Allen. Y la música (sublime) es compuesta por Alberto Iglesias, a quien escuchamos en la mayoría de las películas de Almodovar de los 90 en adelante.

 

Ahora, como bien remarqué en un principio, La Cordillera fue aplaudida en Cannes pero en nuestro país se convirtió en Amor-Odio. En primera instancia, la publicidad (trailer incluido) no parece jugarle a favor a la película. Nos presenta una película concentrada en “el mal”, y esto predispone al público a esperar una mezcla entre House of Cards y un thriller más convencional. Jamás cumplirá las expectativas de quienes esperen ese tipo de film. De hecho, la sentirán vacía, probablemente porque se maneja casi en las antípodas de estos ejemplos. La Cordillera tiene un ritmo cansino donde la tensión se palpa en lo no-dicho, en contrapartida a gran parte del cine actual donde, si no hay diálogo, debe haber secuestros, persecuciones, explosiones y personajes sacrificándose en dos minutos. ¿Es error del espectador esperar una película de este estilo si el tráiler y/o la publicidad parecen vendernos algo distinto? No. Pero sí podría considerarse un error, que se considere natural una velocidad que no es coincidente con la mayoría de los clásicos de la historia del Cine. Es decir, cumplen en función del entretenimiento y habrá excepciones a la regla, pero en tiempos donde la atención cada vez es menor, las películas sutiles terminan siendo vistas de reojo. Aquellos filmes que nos proponen pensar terminan tildados de “incompletos” por la vagancia del espectador. ¿Hoy serían juzgada con dureza en nuestro país 2001: Odisea del Espacio, o Mulholland Drive de David Lynch, o Repulsión de Polanski?

Luego subyace otra cuestión: No toda obra que nos obligue a contestar preguntas es necesariamente buena. Pero si nos rehusamos a analizarlas mínimamente, en realidad estamos en contra de la exigencia propuesta, sea la película que sea. Habrá que ver si el tiempo le da la razón a La Cordillera como sí la obtuvo “El Aura”, la cual también fue amada por la crítica pero denostada por el público, y terminó convirtiéndose en un clásico nacional que hoy se estudia y analiza en las escuelas de Cine. No tengo dudas que La Cordillera recorrerá el mismo camino y será una referente en un futuro próximo.

En resumen y hablando más desde el llano, no hay que sentirse un erudito al entender una película ni un estúpido al no poder resolver el acertijo. Pero remarquemos algo: No entender una película no hace mala a una película, como no entender un libro no hace malo al libro. Es importante poder diferenciar esta cuestión. La Cordillera expone nuestros miedos, nuestro verdadero compromiso con el cine, nuestra búsqueda a la hora de sentarnos en una butaca. Expone lo que en realidad pretendemos, y principalmente expone nuestras competencias. Quizás el día de mañana logremos comprender hasta la imagen más mínima, o hasta las palabras en latín de un libro que hoy ignoramos. Pero si esto no sucede, entonces La Cordillera no será para nosotros. Es comprensible cierto rechazo a la idea de tener dedicarle más tiempo a lo que vimos pero siempre es necesario tomar el desafío de adentrarse en aquellas obras que nos expulsan de la zona de confort. No escaparle a lo complicado. ¿Cuántas películas ya existen que no nos exigen en lo más mínimo? ¿Cuántas nos cuentan una historia clara y lineal pero las olvidamos al minuto? ¿Cuántas no nos obligan a jugar al psicólogo y terminan partiendo de nuestras vidas tal cual como llegaron?

Esta es la voz de quien la disfrutó. Hay algo que les puedo prometer: No los dejará indiferentes. Juzguen ustedes. Anímense a cruzar La Cordillera.