Rock

30 años de “Oktubre”, un disco fundamental

Se cumplen tres décadas de la aparición del disco más emblemático de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. En Rock and Ball te mostramos una interpretación posible.

Oktubre
Oktubre

Hay discos malos y discos buenos. Después de los buenos, están los excelentes. Y después de los excelentes aparecen los imprescindibles, esos que es imposible no haber escuchado al menos una vez de principio a fin y que no pierden una coma de vigencia. En ese último grupo entra Oktubre, el segundo trabajo discográfico de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, lanzado el 4 de octubre de 1986. En esta nota se lo analiza en función de una interpretación posible.

Octubre es conocido como “mes de revoluciones” porque se sucedieron en él al menos dos hechos significativos: la revolución rusa (en oktubre de 1917, que en realidad era noviembre por las diferencias entre el calendario del imperio ruso y el occidental) y la revolución peronista. En uno y otro lado del mundo, de maneras muy diferentes y en momentos históricos distintos, los trabajadores se manifestaron y lograron posiciones de poder político significativas. Eso no pasó desapercibido para Rocambole y el Indio Solari a la hora de pensar el arte del disco, que está teñido de rojo y negro, lleno de masas con estandartes revolucionarios y que incluye en su interior una caricatura de la catedral de la plata en llamas. Toda una definición política.

En el mismo sentido opera la introducción del primer tema, “Fuegos de Oktubre”, durante las que se escuchan bombas antes de un hipnótico fade in. En plena guerra fría, evocar este tipo de hechos no era casual. Sin embargo, el disco no es una celebración del comunismo, sino de la revolución y el existencialismo sin banderas. En eso la canción es clarísima: la revolución es preferida al status quo, aún sin un estandarte ideológico puntual. De hecho, en muchos momentos el trabajo equipara la opresión de los gulags soviéticos – que obviamente no festeja – con la del sistema capitalista. Lo hace pensando en la importancia que tienen en ese mecanismo el marketing y las obligaciones rutinarias que parecen, en este contexto, alienar al hombre y alejarlo de su autorrealización. “Preso en mi Ciudad” contiene una frase emblemática que sintetiza esa idea en tres palabras, demostrando la habilidad para generar slogans que solo el Indio tiene: “atrapado en libertad”.

Esa oscuridad propia de la opresión sobrevuela todo el disco. “Música para Pastillas” es la confirmación de que las “flacas gimnastas de América” y las “secas austeras soviéticas” son bastante parecidas y, en todo caso, “la más hermosa niña del mundo puede dar solo lo que tiene para dar”, aún a pesar de su estética. Es cierto también que el trabajo se asoció mucho con la cocaína, que está siempre presente como un mecanismo de escape de esa realidad tan compleja. Así aparece en “Semen-Up” (“con ella soy rico gratis”), que es probablemente el punto más alto de la viola de Skay Beilinson en un disco de por sí musicalmente muy rico. Esa canción, sin embargo, no deja de mostrarse dual, porque también es un doble juego con una publicidad de gaseosa. Es una crítica explícita al marketing como mecanismo, situación que se repite en “Divina TV Führer”, un rock and roll injustamente subestimado.

A pesar de ese halo de pesimismo, siempre hay una luz al final del túnel, que se empieza a vislumbrar en “Motor-Psico”. Ese es el primer momento del disco en el que queda clara la postura existencialista que se toma: cada uno es el dueño de su propio destino, no lo es la suerte, porque “mi dios no juega dados, quizás esté a mi favor”. La cocaína toma nuevamente el lugar preponderante como escape en “Ji Ji Ji”. Con los años, ese himno terminó significando la salida de la rutina alienante pero no a través de la droga (por suerte), sino a través del pogo más grande del mundo. Absolutamente liberador.

Llegando al final, “Canción para Naufragios” remite a “La Balsa”, y le avisa a Litto Nebbia que “ya no está solo”, sino que “estamos todos en naufragar”, porque el mundo parece irse al tacho. Seis minutos era el tiempo que tardaba un misil de EEUU a la URSS, y viceversa. Las consecuencias de una acción tal eran imprevisibles, y esa canción recuerda al oyente que nunca sabe cuánto tiempo le queda en una situación de permanente cercanía con el conflicto bélico. Conclusión: hay que escapar de la opresión y vivir la vida.

Eso se confirma con “Ya Nadie va a Escuchar tu Remera”, la única canción del disco con aires celebratorios. La vida es “efímera” y pueden obligarnos a hacer muchas cosas, pero lo único que no se puede permitir que nos quiten es el estado de ánimo. La felicidad depende de cada uno, a pesar de la oscuridad imperante alrededor. Ese es, en el fondo, el saludable mensaje de Oktubre en función de esta interpretación. Por algo la imagen icónica del disco, que ni siquiera era su tapa sino un afiche, es un hombre liberándose de sus cadenas.

Linkearlo solo con la cocaína, a pesar de que ésta tiene un rol en un contexto determinado del disco y es la protagonista de la canción más conocida, es totalmente reduccionista. El trabajo tiene mucho más, y es todo lo demás lo que lo ha hecho imprescindible.


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